ULTRAVIOLENCIA Y SUPERFICIALIDAD

En unos correos que intercambié con Vicente Luis Mora, escritor y crítico, me remitía éste un texto que reproduzco a continuación, en el que se presentan diversos argumentos en favor de la violencia, el dolor y la muerte como tema:

ULTRAVIOLENCIA Y SUPERFICIALIDAD

Por ello, la nueva narrativa mutante debería evitar caer en los mismos errores que aquello que pretende recoger (supuestamente, para denunciarlo per se, o para criticar la excesiva presencia de los mass media en nuestras vidas, o el excesivo simulacro que nos distancia de la realidad oculta o no-visible); algo parecido sucede, como apuntamos más arriba, con la crítica de la violencia. En muchos de estos autores hay un regusto por lo excesivo, lo monstruoso, lo criminal, por el sexo degradante o enfermizo[1], por diversas formas de violencia, sea para criticarla o simplemente para exponerla, para dejarla mostrada al lector. Incluso escritores de la misma edad, como Andrés Ibáñez, opinan que “los novelistas (especialmente los españoles) parecen empeñados en describir las cosas más asquerosas de la forma más repelente” [2]. Esta omnipresencia de la violencia tiene su origen, obviamente, en esos mismos medios de comunicación[3], y por eso su crítica está muy conexa –y tiene, en consecuencia, las mismas posibilidades de paradoja e incoherencia– con lo anterior. De las muchas explicaciones posibles para tanta violencia en la literatura reciente me interesa replantear la que ofrece el filósofo Arturo Leyte en El arte, el terror y la muerte, sobre todo porque nos lleva al tercer peligro de la narrativa mutante: la superficialidad. Escribe Leyte:

Que en los años en los que se disolvían las grandes oposiciones modernas (verdad/falsedad, en el paradigma de la ciencia; bien/mal, en el de la moral y bello/feo, en el del arte) un cierto sector del arte viniera a coincidir con la publicidad no hace sino confirmar esa tendencia de liquidación definitiva del paradigma interior/exterior a favor de la exigencia de que todo tiene que ser superficie exterior.[4]

No es casual que en algún libro de Agustín Fernández Mallo se lea, concordando con Otto Neurath, que expuso antes el adagio, “todo es superficie”, o que el joven ensayista y poeta Alberto Santamaría elabore sesudos razonamientos sobre la profundidad de la apariencia estética. Pero en el razonamiento de Leyte esta descripción de la exterioridad venía antecedida de una idea que encuentro clave para entender la atención de esta nueva narrativa por la muerte y la violencia:

La banalización del mal, la presentación en sociedad de la desfiguración y, finalmente, la repetitiva escenificación del dolor bajo todas sus formas (principalmente la enfermedad y la tortura, físicas o psicológicas) y de la muerte, todo ello no resulta del intento por hacer aparecer la negatividad […] sino del definitivo intento porque paradigmáticamente aparezca de forma positiva lo absoluto, lo infinito. (2006:88)

He ahí la clave. La atracción de la muerte y de todo lo que se le aproxima, de lo que va a su encuentro (=la violencia) se debe a que es el último reducto de la seguridad, lo único unívoco en un tiempo de simulacros, la certeza final, el asidero metafísico restante, la salida. En efecto, como razona Leyte a partir de Heidegger, la muerte es el absoluto, una idea moderna, pero que ningún posmodernismo filosófico ha podido desactivar: por fortuna, la ligereza o el atrevimiento de la reflexión contemporánea ha contemplado muchos finales y muchas desapariciones[5], pero jamás se ha atrevido a cometer la infantilidad de hablar de la desaparición de la desaparición[6]. La muerte es la última Thule de la retórica artística, y todos los escritores actuales lo comprenden bien, como se viene haciendo aproximadamente desde 1800 (según periodización, bastante plausible, de Leyte) y sin solución de continuidad.



________________________________________
[1] A algunos textos les sería aplicable el diagnóstico de Ballard: “la violencia es la conceptualización del dolor. De acuerdo con ese mismo canon, la psicopatología es el sistema conceptual del sexo” (Guía del usuario para el nuevo milenio, Minotauro, Barcelona, 2003, p. 116).
[2] Andrés Ibáñez, “David Lynch como ejemplo”, ABCD de las Letras y las Artes, núm. 788, 10 de marzo de 2007, p. 17. Ibáñez cree que no es sustentable este uso generalizado del horror según la explicación moderna de, por ejemplo, Adorno, por la cual “el arte moderno ha de ser desagradable para sacudir nuestra percepción adormecida por lenguajes complacientes y hacernos, así, conscientes de nuestra alienación” (íbídem). Ibáñez cree que esta forma de entender la literatura y el arte va detrás de una mera producción de asco físico, que intenta llegar al cuerpo, y no producir una catarsis psíquica liberadora. Reconozco que, en la mayoría de los casos, Ibáñez tiene razón, aunque no siempre; en autores como Juan Francisco Ferré o Javier Fernández el uso de un alto grado simbólico de violencia sexual persigue sacudir la conciencia social e intentar ir al por qué de la violencia individual congénita y su concreta manifestación pulsional.
[3] “El poder de los medios audiovisuales ha condicionado al intelectual hasta tales extremos que hoy se tiende a enmascarar los sentimientos verdaderos y a buscar la promoción en la agria ironía, en el humor fácil, en el escepticismo, en la agresividad, en los gestos”, Antonio Colinas, Sobre la vida nueva, Nobel, Oviedo, 1996, p. 205.
[4] Arturo Leyte, El arte, el terror y la muerte, Abada, Madrid, 2006, p. 90.
[5] Sin vocación exhaustiva, apunto que se han señalado el fin del autor (Derrida, Barthes), del hombre (Foucault, Soyinka, Fukuyama), del individuo (Malraux), la filosofía (Heidegger), la teoría (W. B. Michaels y Steven Knapp), la ciencia (John Horgan), los estudios de la ciencia (Carl Mitcham), del tiempo (Damian Thompson, J. Barbour, U. Eco), de los tiempos (Félix Duque), del pasado (J. H. Plum), la literatura (Alvin Kernan), la tragedia (George Steiner), la novela (Ronald Sukenick, Michael Krüger), la palabra (Segundo manifiesto De Stijl), las certidumbres (Ilya Prigogine), la interpretación (Sontag), la pintura (Miró, Douglas Crimp), El fin del arte (Arthur C. Danto, Donald Kuspit), de la historia del arte (Hans Belting), de la teoría del arte (Victor Burgin), el fin de lo clásico (Peter Eisenman), del clasicismo (J. M. Ripalda), de las vanguardias (E. Subirats, R. Fuchs), La muerte de la vanguardia literaria (Leslie Fiedler, 1964), de la modernidad (G. Vattimo, Romano Guardini), de la esperanza (J. Hermanos), de la economía (Michael Perelman), de las ciencias exactas (Picazo Rodríguez, Sánchez Bravo, Guillán), de la eternidad (Assimov, John Varley), de la educación (Neil Postman), de la escuela (Michel Eliard), El fin de la sociedad del trabajo (André Gorz), del trabajo (Jeremy Rifkin), del neoliberalismo (Ulrich Beck), la democracia (J. M. Guéhenno), la socialdemocracia (Ignacio Sotelo), del Estado-nación (Kenichi Ohmae), de la clase media (Gaggi y Narduzzi), de la religión (N. Lash), de la familia (Peter Nadas), del accionista (A. Kennedy), de la democracia económica (T. Frank), de la utopía (H. Marcuse), El fin de la cultura de la victoria (T. Engelhardt), de la distancia (Frances Cairncross), las noticias (Robert J. Samuelson), la televisión (Javier Pérez de Silva), el cine (Víctor Erice), El fin de la privacidad (Reg Whitaker), la univocidad (Zygmunt Bauman), El fin del envejecimiento (Tom Kirkwood), la pobreza (Jeffrey Sachs), la inocencia (Stephen Koch), de la voluntad (G. Lipovetsky), la verdad (Baudrillard), las ideologías (Daniel Bell), el comunismo (Santiago Carrillo), el final de la historia (Kojève, Fukuyama), y el fin de los fines de la historia (innumerables); a los que se podrían añadir fines estéticos como El fin de las razas felices (Dionisio Cañas), El fin de la infancia (A. C. Clarke), El fin de los mundos (Neil Gaiman), El fin del romance (Graham Greene), El fin de una raza (José M.ª de Pereda), El fin de los buenos tiempos (I. Martínez de Pisón), El fin de la noche (J. MacDonald), El fin de la edad de plata (Valente), El fin de los días (Torbado), o El fin de un sueño (Yoshikawa). Qué angustia.
[6] Hay un amplio movimiento (ahora no cito, tiempo habrá) de ocultamiento social del hecho de morir, de la muerte, pero nadie defiende, al menos que yo sepa, su inexistencia, que es de lo que aquí se habla.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me gustan tus opiniones, estoy haciendo una tesis sobre la violencia en el arte reciente me recomiendas a alguien ?

Fram dijo...

El mencionado Arturo Leyte y su libro El arte, el terror y la muerte.
El libro "La mirada oblicua", del colectivo de Arte 90, editado por la Junta de Andalucia, Consejería de Gobernación.
Paul Virilio, "Un paisaje de acontecimientos". Ed. Paidos.
Marie-Claire Uberquoi, "¿El arte a la deriva?. Ed. Debolsillo.
En algunos encontrarás pasajes a favor y otros bastante críticos con este uso de la violencia y del dolor en el arte.
Un libro que he comprado hace poco y que aún no he leído, titulado "CÓMO TRIUNFAR EN EL MUNDO DEL ARTE. Estrategias del joven arte británico de los noventa", me resulta interesante especialmente pues desmonta la tramoya oculta tras muchos artistas cuya obra tiene que ver con la violencia.
Luego, por supuesto, esta internet, donde puedes encontrar opiniones de gente que me interesa, como Fernando Castro Flórez, José Luis Brea, Miguel Ángel Navarro, José Jiménez, etc. y artistas como Santiago Sierra, con sus provocadoras propuestas.